Dom. Ago 25th, 2019

Asklepios

Revista de crítica y cultura

¡Amar es bailar, no hacer gimnasia!

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Como cada noche me demoro tanto en mi labor de cepillarme los dientes, este es el único momento del día en el que veo televisión, con la finalidad de sumergirme en las diferentes tramas de lo que están presentando y no sentirme agobiada por mi tardanza en la ejecución de dicha labor.

Hace unas pocas semanas, una de estas mencionadas noches fui al baño a buscar la seda dental y el cepillo de dientes. Después de mi acostumbrado y no disciplinado ritual nocturno de lavarme la cara, fui a mi alcoba. Haciendo un esfuerzo físico, mental y sicológico por cumplir a cabalidad con cada paso del ritual, a pesar del sueño, me acosté, prendí el televisor y puse Nat Geo.

Esa noche estaba terminando no sé cuál programa y empezó Tabú. El tema era la interminable búsqueda de la belleza y todos los procedimientos quirúrgicos que se hacen para conseguirla, sin detenerse a pensar si aquellos procedimientos son seguros para la salud. Cada uno de los casos que presentaron me hizo entrar en un espacio reflexivo que, aún hoy, no termina. Tenemos el deber de respetar sí o sí, la vida privada de las personas porque cada uno de nosotros ha experimentado, a lo largo de ella, una construcción interminable de pensamientos y emociones, que son los que dirigen el barco de nuestras decisiones; pero también debemos considerar que el hecho de buscar la perfección física, es un asunto tan absolutamente subjetivo como la belleza en sí: no tiene sentido; puesto que como dice Anais Nin: No vemos las cosas como son; las vemos como nosotros somos.

El miércoles, cuando me desperté, lo primero en lo que pensé fue en este escrito y sentí temor porque no podía encontrar la manera de expresar la importancia de tener una fuerte autoestima y un sano auto-concepto de belleza. Pensé que aunque siempre he sentido esto, nunca he definido en palabras el porqué.

Soy Ingeniera Mecánica, he trabajado en aplicaciones médicas y hace unos años, estuve en contacto con una pareja de médicos estéticos que estaban interesados en realizar varias mejoras a su instrumental quirúrgico. Con ellos solo me vi una vez. Recuerdo bien ese día, fue un viernes como a las 6 ó 7 pm. Yo llegué a su consultorio en el Centro Ejecutivo, me recibió una secretaria muy amable que tenía –tengo que decirlo porque lo recuerdo bien y porque me sentí mal por ella– unos tacones demasiado altos para tener que estar todo el día subiendo y bajando esa angosta escalera en forma de caracol.

Salió una visitadora médica, la secretaria bajó por tercera vez la escalera y yo solo llevaba allí quince minutos; sonó el teléfono, ella respondió: “Bueno, hasta luego”, me miró, me dijo que subiera, se despidió y salió. Yo subí por la estrecha y empinada escalera y apenas llegué al segundo piso, vi que una señora y una niña estaban jugando con una pelota. Una se la tiraba a la otra y luego al revés, cuando estuve más cerca me di cuenta de que se trataba de una prótesis de silicona. La señora me saludó muy amablemente por mi nombre, me dio la bienvenida y me hizo pasar al consultorio mientras decía: “Mi amor, llegó Adriana”.

Al instante salió un hombre de unos 45 o 50 años, con el pelo muy negro y que contrastaba con unos lentes de marco grueso, negro. Me saludó con un apretón de manos, me preguntó si quería tomar algo y luego nos sentamos en el escritorio para conversar. Él empezó diciendo que se habían alegrado mucho al saber de mí y que esperaban que pudiéramos hacer muchas cosas juntos. Después de haberme explicado cuáles eran sus problemas más inmediatos, el médico tomó una prótesis de silicona (que creo que era la pareja de la pelotica con la que jugaban afuera) y me dijo estirándola: “Como le digo a mis pacientes, estas prótesis son absolutamente seguras y no se rompen”, y cuando terminó de pronunciar la última sílaba, el implante de silicona literalmente explotó. Yo me reí mucho, mientras él corría a lavarse diciéndome: “Qué bueno que esto me pasó contigo y no con una paciente”.

Esa fue la última vez que nos vimos, pues las cosas se complicaron para reencontrarnos y seguir trabajando en sus requerimientos y, al final, perdimos el contacto.  Más adelante, me llamaron de una compañía que, entre otras cosas, importaba prótesis, instrumental quirúrgico y equipos médicos. En aquella empresa trabajé solamente una semana, puesto que mi manera de ver la vida no va de acuerdo con ciertas ideas y tratos que en la misma, eran pan de cada día. Pero algo que recuerdo de aquella experiencia, fue una historia que me contó una de las vendedoras, de un hombre de unos 70 años que se iba a casar con una mujer de 20 y se sometió a un procedimiento quirúrgico en el cual le implantaron una prótesis para poder rendir en su luna de miel y corregir sus problemas de erección; pero todo esto con una prótesis manual que el individuo tenía que accionar presionando su ingle, repetidas veces, hasta conseguir una erección completa. Esa historia todavía me hace reflexionar en cuanto al amor, el interés y lo que nos mueve a hacer las cosas. Pues aquella vendedora que me la contó, terminó su relato subrayando: “Pero cómo no se va a casar con él, si el tipo es un ganadero forrado en oro”.

Fue la semana pasada, cuando me encontré en Facebook lo que dio en el clavo con la definición que quiero alcanzar. Era un enlace a una entrevista que le hicieron al Neurocientífico colombiano Rodolfo Llinás, en Neurociencia Update, con el título: “El amor eterno es de inteligentes que estructuran y modulan los patrones de acción fijos”.

La entrevista es atrayente, profunda, pero sencilla. En ella le indagan sobre varios temas y conceptos y Llinás hace uso de los estudios y las experiencias de toda su vida para responder. El punto que más llamó mi atención es en el que le preguntan acerca del amor eterno y él responde: “Ese es de inteligentes que estructuran y modulan los patrones de acción fijos sobre la base de ver al otro como la mano de uno. Cuidarla es mi responsabilidad y viceversa. Saber que no habrá puñalada trapera es la norma. ¡Nunca, primero me matan tres veces! Esa es la clave neuronal del amor eterno, la que mantiene el estado funcional activo y bloquea cualquier cosa que le sea contraria. Es una calidad de estado mental. Si se entiende no hay otra posibilidad que amar al otro; en cambio, querer acostarse con otro y pasarla rico no es amor. Amor es compromiso y cerebralmente está en el cerebro truhán. Uno no se enamora de una mujer porque tiene unas tetas buenísimas, uno se enamora de su cerebro, porque con él se interactúa y se avanza, con las tetas no. Amar es cerebralmente un baile y hay que bailar con el que pueda danzar con el cerebro de uno. Amar es bailar, no hacer gimnasia. Encontrar eso es muy difícil;  hallarlo es un tesoro”.

Me quedé y me quedo absolutamente maravillada cada vez que vuelvo a leer esto. Llinás me ayudó a poner en palabras lo que estaba muy en el fondo de mi cerebro y nunca había podido definir con claridad y exactitud: porque si te enamoras del cerebro y no de las tetas buenísimas, como dice él, ¿cuál es el sentido de tanta cirugía, retoque y búsqueda de la “perfección” que no llevan a ninguna parte? Además, siempre me ha gustado el baile y he estado en cursos de varios ritmos, incluso Jazz, y por eso me encanta que este Neurocientífico, orgullo patrio, diga que amar es cerebralmente un baile y que hay que bailar con el que pueda danzar con el cerebro de uno.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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