Dom. Oct 20th, 2019

Asklepios

Revista de crítica y cultura

El poder es el mejor afrodisíaco 1: la edad de la inocencia

4 min read

A todos ellos los conocí por el noventa y dos, y entre el tumulto diario, estaba ella. Ella, entre tantos y todos.

La había visto muchas veces y por mi timidez, fui huraño, hosco, desagradable. Recuerdo la primera que me saludó con el interés de que comenzáramos a ser amigos, debo ser honesto, intenté aparentar que no me había dado cuenta. Ya la había visto que avanzaba hacia mí  y aún más importante, escuchado,  entre todo ese tumulto que se formaba día a día, donde no me quedaba espacio para nada más que para observarla en los breves momentos que coincidíamos. Finalmente ese día, vi que venía, más bien vi sus hermosas piernas y agaché la cabeza  aparentando que  estaba muy ocupado, quería desaparecer, ponerme la armadura de formalidad que siempre he usado para no mostrar mi timidez, pero ese día revertí la situación  y contesté su “¡hola!” que había sido precedido por un pequeño y juguetón salto, que me estrelló contra la realidad y que me obligó a mirarla de frente.

“¡Cresta! Trágame tierra”, pensé. No tenía dónde huir. En ese momento, debí asumir la realidad: estaba flechado por una niña cautivante, de hermoso cabello y  bellos ojos, que sonreía  más allá de su natural sonrisa con una personalidad atrayente. Debí reconocerlo, ¡que mirada! Tenía algo que me decía: “mira dentro de mí, que con ella te estoy diciendo lo que no te expreso con palabras”.

Muchas veces le he relatado aquel episodio y ella suele reír.  Cada vez que lo repito, le brilla la mirada y cariñosamente se burla de mi timidez y torpeza. Recuerdo las noches cuando entre todos nos acompañábamos a nuestros puntos de partida a nuestras respectivas casas. Una tarde en que había llovido y hacía frío, caminábamos por Cienfuegos. Él, un él que no era yo, iba enfadado con ella por vaya uno a saber qué mal entendido, reclamándole algún machista supuesto derecho al que según él ella debía acatar. Ella iba triste. Y yo iba en medio, tratando de apaciguar las cosas en una pareja que quería ver rota.

Finalmente el tipo que no era yo se calmó y entendió que sólo era una nadería. Me dio las gracias. Ese “gracias” fue un premio que no esperaba y tampoco creía merecer. Tal vez, ahora podríamos reírnos. Podríamos verlo todo cómo una tontería de jóvenes. Reconozco que fui egoísta con ella  y también conmigo mismo.

En esos días, yo luchaba contra todos mis fantasmas; tenía urgencias que cumplir. Urgencias que ella me ha reclamado en cada vez que nos hemos reunido después de nuestro reencuentro. Recuerdo  la primera vez que la vi enojada. Fue en Octubre, una ventosa tarde en la esquina de Agustinas con Cienfuegos, estaba hermosa pero furiosa, llevaba un vestido largo y amplio.

Nuevamente una pelea con aquel y sus celos desatados, incomprensibles. Intenté calmarla y abrazarla, pero me rechazó. Reconozco que me dolió aquel rechazo, pero más me dolía lo que vivía con él. Estaba dividido: por un lado, quería estuviese bien y por otro quería mi oportunidad. Por esos días, nuestros caminos se separaron. Solo conservé su número telefónico, muchas veces llamé y cada vez su voz denotaba alegría.

***

Un día no te encontré, habías ido en búsqueda de tu destino. Nuestra historia ha sido de encuentros, desencuentros y extravíos, pero siempre he logrado encontrar tu pista. Te he buscado y encontrado. Siempre te sorprendes de que lo halla logrado.

Finalmente te volví a encontrar en 2003, estábamos lejos, demasiado. Siempre la distancia. Nuestros encuentros ya eran gracias a Internet. Entonces un día me presentaste a tu gran amor, tu hijo, un adolescente que  me observaba con distancia.  

2008: Nuestra última conversación en Octubre, luego nos extraviamos. Vino el silencio y la incomunicación por causa del destino ajeno a nuestro control.

2010: Nuestra primera conversación en Octubre, nuestro reencuentro de amistad. Hace un año te miré cómo siempre quise mirarte, libremente y sin tapujos, no a hurtadillas cómo en todas aquellas ocasiones en que ambos nos mirábamos, cuando éramos unos jóvenes románticos, aunque creo que aún lo somos: algo más románticos y menos jóvenes.

Tú sabías lo que yo en ese instante hacía, me dijiste: “¿qué te pasa? estás invadiendo mi espacio”

Te respondí, preguntándole “¿quieres que espere otros 20 años?”

No recuerdo qué me respondiste ó si cambiamos de tema; estábamos contra el tiempo, en nuestros propios afanes. Sí recuerdo que compraste una funda para tu mini laptop y que el vendedor tenía acento colombiano.

Entonces me propusiste un desafío y yo con mi estructurada mente y forma de ser, tontamente pregunté “¿es en serio ?” Dijiste que sí.

¿Habíamos desayunado? no estoy seguro. Sé que me comencé a armar de valor, siempre con mis cuestionamientos, hasta que me decidí. Te acompañé en busca de un taxi y le dije: ” perdóname por lo que voy hacer”. Me acerqué, te acerqué hacía mí, la abrace, tomé tu mejilla, rodeé tu cuello y te besé.


***


Ella me miraba y estaba sorprendida. Yo estaba avergonzado; esperaba bofetadas y regaños por mi atrevimiento. Le dije :”te he amado en silencio por 20 años”. Recuerdo que le pregunté -esas preguntas que se atropellaban por ser expresadas -y ella no encontró las respuestas, aunque si me dio una valedera razón, la que entendí.


Continuará…

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *