Sáb. Dic 7th, 2019

Asklepios

Revista de crítica y cultura

Los Pájaros Negros; Capítulo 1

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Arrodillado frente al altar, el anciano tenía los ojos cerrados y con todas sus fuerzas se entregaba a la protección del altísimo. Estaba completamente convencido de que ellos no podrían posarse en tierra consagrada y se sentía seguro ahí de rodillas. Como todos los cristianos creía que el símbolo de la cruz le protegería en contra de todo mal… incluso de uno tan poderoso.

De pronto alguien que no estaba enfermo tosió.
El anciano párroco de Calcupulli se volvió con lentitud, pero no por ello asustado. Él se encontraba refugiado en su fe y en su fenada temía.

–¿Se reza, padre?

El cadáver reseco y apenas reconocible del sacerdote yacía en el jardín de la iglesia, entre las lápidas olvidadas. A él también le habían arrancado los ojos. El sacristán lo encontró y el cabo Palma fue el primero en llegar y evitar que nadie tocara nada. El teniente esperaba que llegaran los peritos de Victoria, que finalmente no llegarían, pues la primera muerte había sido marcada como de causa desconocida y no como homicidio. De todas formas, el teniente llevaría su cámara fotográfica y haría lo mejor que pudiera por su cuenta, pero la gente de Calcupulli sabía lo que había pasado, solo les impresionaba el valor que habían tenido de atacar al mismísimo señor cura.

El resto no era nada nuevo para los antiguos y los nuevos habían sido advertidos lo suficiente como para saber que lo único que se podía hacer era esperar a que el hambre se les quitara pronto.

En el pueblo era imposible guardar un secreto. El cabo observó al horizonte y allí estaban esos pájaros extraños. Bajo el cielo gris, cubierto por una lona azul, estaba el cadáver prematuramente reseco del sacerdote, el anciano que había sido la máxima autoridad espiritual en el pueblo. Habría revuelo y el teniente, un joven que era la máxima autoridad policial, no quería el revuelo. El cabo se encogió de hombros, tomó su radio y dio aviso con frialdad. No era su problema lo que pensara nadie ni tenía otro deber por ahora que quedarse junto al cuerpo y esperar que su superior le diera la orden
de dejar la vigilancia. Eso era algo que él sabía hacer.

En el mundo común y corriente nadie sabía nada ni le importaba y todo estaba en manos de Elcira. Otrora la empleada de confianza de la compañía, ahora había tomado bando y era prácticamente una enemiga. Jamás hubiera querido ponerla a cargo, pero no había nadie más. Nadie mejor que ella a no ser por la propia Francisca y ella ahora no estaba en condiciones de nada. Elcira le miraba por encima del hombro, con el desdén del reproche, como si él tuviera la culpa de algo, como si él tuviera toda la culpa. Ya nunca le hablaba de nada que no fuera profesional, excepto por las preguntas acerca de «la niña». Elcira la había conocido de pequeña y era una segunda madre para Francisca. Martín veía en ella la mera censura… pero acaso también fuera solo su propia imaginación. Tampoco él estaba demasiado bien después de lo que había pasado y por ello había decidido tomar fines de semanas más largos.
Y ello no era posible sin esa mujer.
Martín sintió la necesidad de detener el automóvil. Es cierto que el camino era infame y que el bello Alfa Romeo era un auto estrictamente para pavimento y que una espalda no mucho más adulta que la suya ya tendría lesiones no menores. Pero no fue por ello que se detuvo. Había estado allí unas cuantas veces, en los noventa sobre todo y, aunque unos meses atrás había vuelto a ir, el camino no era familiar en lo absoluto; algunos arbustos habían crecido y otros ya no
estaban ahí; hasta el pasto parecía de otro color. Sí, era el camino correcto a Calcupulli, pero un aluvión hacía parecer que era un lugar diferente. Las cosas habían cambiado y ningún cambio podía significar otra cosa que decadencia. Pudo haberse echado a llorar como un niño, pero pese a un pensamiento bastante progresista al respecto, el condicionamiento infantil de que los hombres no lloran era demasiado fuerte. En la maleta había cinco botellas de bourbon para beber junto a su amigo Manolo en el fundo de Calcupulli. No faltaba el vino en la casona de Manuel, pero para Martín el vino se había vuelto sólo el acompañante de las comidas y para aturdirse ya resultaba demasiado suave… Allí, en la vieja casa patronal, beberían y recordarían sus tiempos de estudiantes y cabía esperar que el capricho
de la memoria no le llevara de nuevo con Francisca.

Ella se había transformado en un monstruo insoportable. No era su culpa, sino de una psicosis maníaco depresiva que progresaba a pesar de los fármacos. Acaso nada quedara del matrimonio más armónico que hubiese existido jamás. Ahora todo se había esfumado como el aspecto del camino que sólo vivía en la memoria de Martín. La locura progresiva de Francisca había hecho que él estuviera a punto de finiquitar una exitosa empresa basada en un fracasado matrimonio ya casi inexistente y que dejara la casa de caprichosas formas que había construido para ambos por un departamento que se parecía más a la celda de un monje que al hogar de un hombre conocido por sus cualidades como diseñador.

Una bandada de ruidosos pájaros negros pasó encima del automóvil e hizo que reparara en el crepúsculo que tenía delante de él y que reanudara la accidentada marcha hacia la casona de Calcupulli. Mañana llegaría la mujer de Manuel de Santiago y ella no les permitiría beber como si fueran adolescentes despreocupados y necesitaba hacerlo con desesperación.
La lluvia había comenzado cuando el Alfa Romeo se estacionó frente a la casona y aunque tal vez hubiera que vendérselo a algún incauto tras el infame camino, Martín llegó aproximadamente feliz con su maleta en la mano, listo para pasar aquel fin de semana largo y como siempre, Manuel le abrió la puerta antes de que tocara y le dio un abrazo tan cariñoso como brutal.
–¡Viniste, desgraciado de mierda…! –la amistad de Manuel se expresaba en los peores insultos posibles–. Hijo de la gran puta, ¿cómo has estado, pedazo de mierda?
En la universidad le decían el huaso Manolo. A mucha honra. Manolo había estudiado arquitectura quién sabe por qué. Su futuro era cumplir con el designio de su padre y del destino. Al poco tiempo de egresar, el patriarca murió y Manuel pasó a ocupar su lugar de terrateniente como estaba escrito y manejó la tierra con habilidad porque desde niño había sido entrenado para ello. Su vida no era ningún misterio aparente, después de todo se casó con la chica con la que empezó a salir el último par de años de su carrera y ella viajaba a menudo a Santiago para evitar aburrirse demasiado. De cuando en cuando él la acompañaba y entonces se alojaban en casa de Martín, quien les invitaba siempre a comer las comidas exóticas que tanto le gustaban y que a Manolo le causaban una curiosidad leve y la sensación de no haber comido absolutamente nada. Esa noche comerían solo una «cosa poca», es decir, una abundante cazuela típica y chilena preparada por María, una anciana que había criado a Manolo como a su hijo tras la muerte de su madre en el parto y que era lo más parecido a una mamá que él había conocido.
La comida fue servida por María Segunda una mujer de sesenta años, hija de la María original que solo tenía a su cargo, y ay de aquel que se atreviera a disputarlo, la preparación de las comidas preferidas del niño Manolito que se acercaba a los cuarenta años.
–Segunda, ¿y la mama María por qué no viene?
–Usted sabe, patrón, pasó la bandada de tué-tués hace un rato y la mama no viene.
–Así no más es la cosa.

La mama María gozaba del estatus de inescrutable en ciertas
cuestiones, o más bien en todas las cuestiones. Hasta Marcela, la
mujer de Manolo, lo sabía y no se atrevía a contradecirla como sí se
hubiera atrevido con una suegra sanguínea de verdad. Sus más de
cien años eran el toque final en su venerabilidad.
–¿Qué pasó con la mama María?
La pregunta de Martín bordeaba la herejía y doblaba peligrosamente la norma principal de la casa: no se cuestiona a la mama María. Solo su condición de visita ilustre le salvaba de la condena. Manolo abrió el bourbon que había traído Martín y sirvió dos vasos con abundante hielo.
–Una bandada de tué-tués pasó por encima de la casa hoy en la tarde.
–¿Son unos pájaros escandalosos y negruzcos?
–Los mismos. La gente de por acá cree que son en realidad brujos que toman las forma de pájaros para asistir a sus aquelarres. No sé si es una superstición española o mapuche, pero acá creen eso, sobre todo la gente antigua así como la mama María, que se debe estar santiguando contra todos los males, no te sorprenda si más rato
aparece por acá con alguna cosa rara.
No alcanzó a terminar cuando la figura irreal de la mama María apareció desde la cocina. Era una mujer minúscula, empequeñecida a menos de metro y medio por los años y arrugada sin que hubiera mediado tratamiento cutáneo alguno. Sobre su labio superior había unos vellos que parecían un pequeñísimo bigote y sin embargo, era
hermosa a su manera. Estaba allí con un atado de ramas de laurel y una botellita con agua bendita de siete iglesias distintas –un tesoro difícil de conseguir en Calcupulli, que apenas poseía su pequeña parroquia, ahora más encima sin párroco. La anciana se acercó primero a Martín a quien roció con unas gotas de su preciosa mezcla de aguas y a Manuel, a quien aparte de hacerle lo mismo, le pasó por la cabeza el atado de ramas de laurel.

–Ya, estoy lista con ustedes, ahora voy a preparar el brasero con el que voy a quemar el sahumerio de san Benito para proteger toda la casa.
Diciendo esto, la mama María se alejó con un paso apresurado sorprendente para alguien de su edad.
–¿Qué fue eso?
–La mama María –dijo Manuel mientras peinaba con la mano sus cabellos desordenados por las hojas de laurel.
Pero la preocupación de la mama María esta vez era más que una mera cuestión supersticiosa o al menos más que el grado común de superstición. Junto con la del párroco ya eran tres las extrañas muertes en el pueblo y sus alrededores y habían desconcertado a la máxima autoridad policial del lugar: un muchacho de veintiséis años conocido como el teniente Halt.
El teniente Halt había tenido un impresionante registro como jefe de la tenencia de Calcupulli o sea, había hecho pasar la noche en la tenencia a todos los borrachos evitando que se murieran de frío en alguna calle o en el páramo. Fuera de ello el teniente se aburría como una ostra, por lo que se dedicaba principalmente a ver su televisión satelital y a conversar con su novia de Santiago usando Skype.
Hasta que comenzaron las muertes.
Solo fueron unas cuantas muertes inexplicables. Los cadáveres estaban resecos, sin ojos en las cuencas y apenas
reconocibles. Las autopsias no fueron concluyentes en cuanto a la causa de la muerte, pero arrojaron un dato inquietante: los ojos habían sido extraídos de alguna manera. El olfato del teniente le hablaba de algún tipo de acción humana por lo que interrogó a los habitantes de Calcupulli que, ya sin necesidad de su acción, estaban intranquilos. Ellos creían tener una respuesta: los brujos.
La habitante más antigua de la zona era la mama María, así conocida por todo el pueblo, por lo que el teniente se acercó a ella más para consultarla que interrogarla. La mama María había hablado de cosas que probablemente solo ella recordara y que por lo mismo ni siquiera podían cotejarse. Había dicho que en el cerro cercano que daba nombre a toda la comarca, se reunían los brujos que viajaban en la forma de tué-tués, chonchones o queltehues y que cada cierta cantidad de años hacíancosas terribles. El teniente consideró las declaraciones de la anciana como delirios, pero le sobraban el tiempo y la curiosidad. Su olfato de sabueso joven, pero heredero de generaciones de policías, le hizo
subir el cerro dos veces.
Luego debió dar por cerrado el caso, aunque solo fuera por el momento y no le gustara…

–¿Me estás agarrando para el hueveo? –preguntó Martín. Al verle beber su vaso de bourbon, Martín supo que hablaba en serio.
–Y tú que creías que este era un pueblo aburrido.
–¿Y qué crees tú?
–Yo estudié en la universidad, soy una persona razonable que no puede aceptar este tipo de hipótesis irracionales…
–¿Pero?
–Pero me crié en Calcupulli y me crió esa señora que para mí siempre fue vieja. Me conozco las historias y los decires, los cuentos y las leyendas, ¿sabes lo que significa Calcupulli?
Manuel hizo una pausa retórica.
–Calcupulli significa el cerro de los brujos. El pueblo y el fundo se llaman así por el cerro que se ve desde aquí y que, dicho sea de paso, es mío. Si los brujos usan ese cerro deberían pagarme arriendo, ¿no?

Los placeres culpables de Martín eran el terror y la ciencia ficción. Había leído toda la obra de Lovecraft y cada cierto tiempo la releía, veía cada tanto la primera versión de Star Trek, la cual tenía en una versión original en DVD y en sus bellas cajitas de plástico. Sólo un leve sentido del pudor evitaba se vistiera con los uniformes de la serie. Había pedido a Estados Unidos toda la colección de películas de la casa Hammer, que no estaba disponible en préstamo para nadie, así como los Drácula de Lee y los Frankenstein de Karloff, solo por mencionar una parte de su colección.
–¿Y nunca me habías contado nada?
Manuel sorbió otro tanto de su licor.
–Te dije que soy nacido y criado aquí y aquí son cosas de las que no se habla.
La locuacidad común en el gigantesco campesino se había esfumado en un dramático silencio.
–Cuando era chico –dijo por fin–, había ciertos lugares a los que no ibas, ciertos días en los que no salías a jugar, ciertas palabras que no se decían y ciertas historias que solo se contaban de noche, al lado de las estufas a leña y no demasiado seguido. No sé si creo o no en esas historias, quedan los hábitos y al menos dos o tres muertes inexplicables.
–¿Los conocías?
–A dos: uno era un muchacho que a veces trabajaba para mí en la cosecha de las manzanas y que andaba por aquí y por allá ayudando en lo que pudiera; el otro era el sacerdote del pueblo, así que fui al funeral, a los dos funerales. La propiedad de la tierra todavía se respeta por estos lares, y eso significa que tengo una serie de derechos y deberes que parecen casi feudales para la gente de las ciudades, aunque si descontamos el valor de los campos, no debo tener más
dinero que tú, si es que no hasta menos… pero por aquí hay cosas que nunca cambian.
El rostro de Martín se ensombreció. Para él habían cambiado demasiadas cosas y había descubierto que el cambio dolía y dolía mucho.

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