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Asklepios

Revista de crítica y cultura

LA ÚLTIMA CARTA

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17 de agosto de 2015

Pues sí Andrés, soy yo, Mateo.  Creo que después de tantos años,  la imagen que tienes de mi puede estar bastante distorsionada y, al recordarme, solo revivirás un montón de dudas, decepción y neblina.  Me imagino que igualmente, la imagen de mi madre podría estar así.

Me permito escribirte la última carta, el último deseo probable y tangible, antes de mi ejecución inminente.  No sé si por las noticias y todo lo que se ha dicho sobre el caso, caíste en la cuenta de que hablaban de mí. Pues sí Andrés, soy yo, Mateo: uno de los  criminales más buscados y finalmente encontrado por las autoridades colombianas y norteamericanas.  Creo que por mi alias, debes conjeturar que siempre he tenido un gran aprecio por ti y que nunca has salido de mi mente y de mi corazón.

Te cuento que después de que estuviste con mi mamá, nunca pude conocer a otra persona que se preocupara más por mi educación, por el adulto que yo sería en el futuro y por la clase de persona que habitaría el mundo.  Por eso, estoy haciendo esto: escribiéndote, en lugar de escribir a mi madre, como todos supondrían que lo haría.  El asunto es que si le escribiera a mi madre, no tendría con ella más que reproches. Para evitarle ese dolor,  decidí, escribirte a ti.  Contigo solo tengo agradecimiento porque trataste de guiarme cuando era un niño y sabias que en aquella época yo necesitaba corrección y no el consentimiento excesivo que me daba mi madre.  Tú sabías que yo me convertiría en un adolescente y luego en un adulto, y que el momento de enseñarme era ese: mi infancia.

Gracias por el tiempo que compartiste conmigo y por tu preocupación constante en mi educación. Para mí, la situación con el divorcio de mis papás fue una carga.  Gracias a ti, durante esos meses me convertí en un niño juicioso, educado y que tenía un futuro.  Nunca olvidaré el paseo a Cali y lo bien que tus papás nos acogieron.  Me trataron como a su nieto y me sentí amado.  Para mí fue muy difícil, siendo tan pequeño, haber construido tantas relaciones que se derrumbaron sin aviso y, con la cantidad de novios que tuvo mi mamá, no podía haber sido de otra manera.

Andrés, los noticieros inventan y suponen la mayoría de las cosas.  Como tú decías: no entiendo por qué los llaman medios de comunicación, si lo único que hacen es dar una información amañada y enmascarada.  Te confieso que yo sí trafiqué drogas, hice alianzas con los carteles de Sinaloa,  “el asiático” y hasta con los “Guerreros Unidos”; tuvimos que bajarnos a mucha gente porque obstaculizaban nuestro camino; le pagamos a políticos, autoridades y a todo el que se metía en el medio, para que nos dejaran pasar los viajes, y vendí en dos de los mejores mercados de Norteamérica: Chicago y Vancouver.  La mariguana y la cocaína se convirtieron en drogas baratas.  Era mejor el margen de utilidad que obteníamos de la heroína, y por eso, hice las alianzas y me ubiqué en ese mercado.

Viajé pocas veces a esos lugares.  Siempre de incógnito y disfrazado.  Pues sí Andrés, soy yo, Mateo.  Cuando fui a Vancouver, no podía creer que la ciudad que había sido declarada varias veces una de las más vivibles del mundo, tuviera que tener un lugar llamado InSite, que puso el gobierno para disminuir la epidemia de sida y otras enfermedades que se estaban convirtiendo en problema de salud pública.  En InSite regalan jeringas estériles a los adictos, y evitan, bajo la supervisión de un enfermero, que se excedan en el consumo y terminen muertos por sobredosis. 

Recuerdo con precisión una de aquellas veces en Chicago.  Conocí a un yonqui llamado John que calentaba en la llama abierta de su mechero, una mezcla que parecía café con leche y que empezaba a burbujear.  Él lucía demacrado, esquelético y su nariz goteaba.  Su pelo estaba muy sucio, tenía los ojos hundidos y su piel estaba llena de llagas y manchas pequeñas.  John relamía sus labios esperando que la droga estuviera lista…  cuando eso pasó, la succionó con la jeringa, se clavó la misma en el brazo y al final hizo un ruido que sonó como un orgasmo.  Dejó de temblar y se acostó en el suelo como a disfrutar del efecto de la droga que fluía por su sangre y llegaba a cada uno de sus tejidos.  Más adelante vi los botes de basura municipal en donde las jeringuillas usadas se acumulaban a plena vista y sus agujas apuntaban amenazadoramente al aire.  Allá pensé en ti y en mi vida dedicada a destruir a los demás.  No me siento orgulloso de ello, pero, ¿qué más podría haber hecho?

Pues sí Andrés, soy yo, Mateo.  Logré todo lo que me propuse, hice mucho dinero, acabé con todos y con todo lo que obstaculizó mi camino, tuve a todas las mujeres que quise, recorrí el mundo y conocí los lugares que me provocó.  Pero, al mismo tiempo, fui egoísta, destruí la vida de muchas personas y acabé con la de muchos otros y eso, me convierte en un bastardo.  Sé que fallé, no dejé una buena huella en el mundo, sé que te decepcioné, no di la talla.

Hasta siempre.

Mateo, alias Andrés

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