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Asklepios

Revista de crítica y cultura

Carta a un profesor de escritura creativa

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Medellín, 13 de Octubre 2014

Querido Marco,

Al recibir tu carta, lograste pintarme una sonrisa en el rostro.  El sobre sellado aumentó mi curiosidad y mi momento de felicidad se extendió hasta poder abrirla y leerla.  Nunca recibí una carta de amor, pensé.  No tuve ese privilegio.  He recibido declaraciones en emails, whatsapp, skype, chats y hasta mensajes de voz, pero me habría encantado solo por un momento, haber vivido un instante en otra época.  Mis abuelos y papás dicen que nosotros tenemos el mundo en las manos, que para nosotros el mundo es pequeño porque ahora hasta Australia o China están a la vuelta de la esquina. Me han contado que cuando mi bisabuela iba a Bogotá, era todo un acontecimiento. Tanto que hasta su foto y la noticia del viaje, salían en el periódico. Cuando un familiar viajaba a Europa, se demoraban más o menos un mes en saber si había llegado y cómo había llegado, pues las cartas se demoraban ese tiempo y hacer una llamada telefónica era casi imposible.

He visto las cartas de amor que mis antepasados les enviaban a sus enamoradas: letra impecable, lenguaje formal y respetuoso, sobres con estampillas, e incluso sellos secos que imprimían carácter a dichas misivas.  Me llama poderosamente la atención la caligrafía de las personas de aquella época, pues aunque se me dificulte o, a veces, se me vuelva imposible descifrarla, para mí es más perfecta que las letras caligráficas creadas por Steve Jobs, que imprimimos en nuestras impresoras.  Eran escritas con pluma y tinta, con encabador, o, más adelante, con pluma fuente o estilógrafos; letras con formas gruesas y delgadas que llamaban perfil y grueso.  Como dice mi papá, ese era el verdadero arte de la escritura y aquella práctica de la caligrafía, exaltaba la escritura al status de romanticismo.

En los últimos años he visto dos películas que recordé en el trayecto de la lectura de tu carta.  La primera de ellas es Amelié: en esta película ella conoce a su vecina y siempre que se ven, esta última le habla sobre su gran amor que creo que partió a la guerra y nunca más volvió a saber de él.  Amelié se da cuenta de que esta mujer tiene su vida detenida en una pregunta que no ha podido resolver, y por eso, encuentra la manera de devolverle la vida, paliar su dolor y solucionar sus dudas escribiéndole una carta.  Busca la manera de escribir una misiva que parezca muy antigua e inventa la historia de que un cartero llegó a decirle que estaban trayendo unas cartas que se habían perdido hace cincuenta años.  Ese hecho hace que la vecina de Amelié se llene de alegría, se convenza de que era correspondida absolutamente por su gran amor y le devuelve la libertad y seguridad interior que tanta falta le hacían.  La otra película es Cartas a Julieta, que es una historia muy similar: una de las escritoras de Julieta encuentra una carta que se escribió hace cincuenta años, la responde y la persona que la recibe viaja a Italia para buscar al hombre que más amó en la vida y con quien no se casó.  La mujer que responde la carta, quien la había escrito y el nieto de esta última, hacen un viaje para encontrar al hombre en mención.  Al final, terminan casados, pues ambos eran viudos, y el nieto y la secretaria de Julieta terminan enamorados. 

En estos ejemplos y en la vida misma me doy cuenta de que las cartas resuelven situaciones pues son como el ejercicio mismo de la comunicación: un emisor y un receptor que intercambian ideas y logran ponerse de acuerdo o estar en contraposición manifiesta. Pero en definitiva, se aclaran las cosas.  Todo el recorrido que presentaste en tu carta me ayudó a recordar estos, ya casi, dos años y medio que hemos recorrido juntos en esta aventura “A mano alzada” y me lo figuro como un viaje en barco en donde tú eres el capitán del barco y a veces cedes el timón a los autores que estudiamos y analizamos en detalle.

El primer día que vine al taller esperaba una conferencia, pues el email, en mi concepto, no fue muy claro.  Y gracias a Dios esa “conferencia” ha durado dos años y medio en los cuales hemos atravesado toda clase de caminos frescos, ventilados, oscuros, soleados, cálidos, frios, selváticos y desérticos.  A mí, el taller me ha encantado y todas las enseñanzas que he podido adquirir para mejorar mi ejercicio de la escritura, me han servido también en mi camino de vida,   pues este tiempo me ha hecho crecer mucho como persona: reforzar ideas, cambiar conceptos y hasta desaprender muchos esquemas que estaban muy grabados en mi mente y mi corazón.

Recuerdo cuando hablamos del discurso y tu propuesta fue que desordenáramos el discurso. Aprendí también que en griego la verdad es aleteia que traduce literalmente desocultamiento.  En Elogio de la poesía señalaste “atada a su propio destino y libre de toda ideología se reconoce como la vida misma, que no debe ser justificada”.  Nos acercamos al espacio de los sentimientos y nos preguntaste: ¿por qué temerle a la tristeza? Mejor transformarla, creando.  Y por esa época empecé a darme cuenta de que aquí iba a hacer más que un ejercicio de mejoramiento de mis habilidades de escritura, iba a trabajar en mi alma.  Seguimos con las cartas de Rilke: “el porvenir es algo que vemos muy lejos y ¡no!  o “pregúntese a sí mismo si es honesto consigo mismo” ahí fue cuando tratábamos sobre la voz propia.  Hicimos el viaje a Itaca de la mano de Kavafis y nos derretimos de amor cada noviembre leyendo fragmentos de una novela escrita con todo el sentimiento: Bajo el volcán de Malcolm Lowry. Al llegar a La casa tomada y Luvina, nos indicaste que las cosas y la vida misma ocurren en el espacio y por eso hay que dotarlo de características. 

En otra de las islas donde desembarcamos nos enseñaste que leer también es un acto creativo, que el ambiente del cuento es su sangre y que hay que hacer creible el absurdo.  Del bien y del mal vimos que son dos caras de la misma moneda y que dentro de cada uno de nosotros está todo lo bueno y también todo lo malo.  Varias veces nos has dicho que admiras mucho a Nietzsche y gracias a tus comentarios he aprendido mucho sobre él, que con gran inteligencia señala que “solo comprendemos las preguntas que podemos responder”. De la mano del Quijote, vimos cómo los personajes se han colado en la cultura y parecen reales, tanto él como su alter ego, Sancho.  Borges me iluminó con su frase: “He cometido el peor de los pecados, no he sido feliz”.      Dostoievsky nos hace amar a Raskofnikof que es el asesino de Crimen y castigo.  Paseamos también por las imágenes y como la poesía es en sí misma una de ellas.  Concluimos que podemos hablar de dos Ovidios: el reconocido y el desterrado.  Vimos cómo el ensayo es una subjetividad con estructura argumentativa y la crónica es una realidad objetivada.  Nos sumergimos en el juzgamiento y nos indicaste que en A sangre fría, Truman Capote no juzga, pero que sí lo hace Dostoievsky en Crimen y castigo.  También concluimos que el saber es excluyente y que escribir es armar esa estructura arquitectónica donde uno es el amo y señor.  Ligado al periódico, nos ejercitamos en la elaboración de columnas, caricaturas y comics.      

En fin,  ha sido un viaje fantástico y déjame insistir que mi aprendizaje ha sido doble, que ahora siento que escribo mejor y lo más importante de todo siento una gran libertad interior.

Con mucho aprecio, admiración y cariño,

ADRIANA TORO

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