Sáb. Dic 7th, 2019

Asklepios

Revista de crítica y cultura

Variantes (sobre Howl, de Allen Ginsberg)

3 min read

 

I

He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por el aburrimiento, buscando con desesperación trabajos ordinarios como meseros, abogados, médicos o empleados de call centers,

arrastrándose por las calles del centro, buscando un lugar para refugiarse en un café expreso de pie,

deambulando en las cercanías de Avenida El Bosque, consumidos por la locura de los restaurantes caros y los happy hours que valen el doble,

alabando el espíritu de los emprendedores e incluso llamándose emprendedores a sí mismos, aspirando al reconocimiento de la burguesía;

como ángeles nocturnos perdidos en el día, deambulan olvidando su conexión primigenia con el cosmos y alardean en cambio de sus conexiones mundanas con políticos, abogados y jueces,

olvidando que había estrellas sobre la nube de contaminación y olvidando nuestra hermandad secreta con ellas.

Ellos que compartieron conmigo la pureza sobrenatural de las artes, que fueron capaces de invitarme al Café del Cerro rebelde justo antes del cierre del año ochenta y nueve,

que arriesgaron sus carreras por leer los comics que constituirían la escritura sagrada del futuro,

que compartieron conmigo la marihuana canónica y que enfrentaron a los alces inexistentes,

que fueron capaces de mostrarme que Arlette Jequier había desacreditado a Santo Tomás cantando simplemente aquí no, Santo Tomás,

de ellos aprendí el arte de soñar porque yo había crecido en una ciudad en donde todavía no se cosechaban los sueños, aunque a creer en mis sueños tuviera que aprender a solas y mucho después,

ellos que eran capaces de mantener conversaciones de horas infinitas y saltarse amaneceres iconoclastas y que dieron con todas las recetas posibles para arreglar el mundo.
II
Ellos no fueron arrestados por redadas de la policía, ni por complejos operativos de inteligencia;

no fueron capturados por los cuerpos de seguridad de la dictadura, porque la dictadura había muerto para ser reemplazada por una dicta más blanda;

no fueron víctimas de las maquinaciones de las superpotencias, porque la guerra fría se acabó en noviembre de ese año;

no tuvieron que esconderse de ninguna amenaza de muerte lícita de algunas de las policías del mundo;

no tuvieron que temer ninguna amenaza de muerte ilícita de alguna de las mafias que pueblan los países de América;

no desaparecieron arrestados una noche por Civiles No Identificados que no respondían preguntas;

no padecieron ninguna otra tortura más que las preguntas constantes de sus padres que querían ver que se compraran por fin un futuro;

no tenían nada que temer salvo aquello de lo que no se les ocurrió tener miedo hasta que no fue demasiado tarde;

el temor que acechaba era la esclavitud disfrazada de fracaso o de éxito, de alabanzas de la familia o de salarios magros;

el terror de las madres que venían a cobrarse la renta por los nueve meses de uso de sus vientres;

ellos tuvieron miedo de ser llamados irresponsables y de caer en el descrédito absoluto;

y cuando el peligro se hizo inminente, ellos se sometieron para ser destruidos por el aburrimiento, para buscar con desesperación trabajos ordinarios como meseros, abogados, médicos o empleados de call centers,

para arrastrarse por las calles del centro, buscando un lugar para refugiarse en un café expreso de pie.

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *