Mié. Nov 13th, 2019

Asklepios

Revista de crítica y cultura

Tengo que darte las gracias, hijo mío:

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Porque no sabes a cuántos funerales

de las posibilidades para el amor

he tenido que asistir ya sin llorar,

porque eso de llorar a lágrima viva

será muy adecuado para el poeta,

pero queda prohibido para el padre,

obligado a su risa de fortaleza. 

 

Porque me das la vida cuando me muero

por dentro de una soledad infinita

que apenas sí baja con filosofía,

pero que, aguzada por la economía,

me aprieta este corazón tan fuerte que

el domingo me duermo el día completo

y nos miento a los dos, culpando al cansancio. 

 

Porque me haces ganar todas las batallas,

aunque creo que estoy perdiendo la guerra,

pues la soledad, la tristeza y la muerte

permiten sólo la victoria a lo Pirro

y me desangro cada vez que me subo

al auto azul para ganarnos la vida

en la ciudad que tiene colores frívolos. 

 

Porque de tanto mentirte, algunas veces

me resulta mentirme a mí mismo y puedo

seguir adelante, así como si nada,

guardando el dolor para las pesadillas

en que la caricia de la Amada Ausente

me reconforta para que al despertarme

vuelva a sufrir su tan dolorosa ausencia. 

 

Porque sé que en verdad no puedo con esto

y estoy al borde de la última caída,

esa de la que no puedo darme el lujo

y tienes toda la culpa por quitarme

ese y otros lujos falaces que tuve

cuando era joven y parecido a ti

y mi propio padre también me mentía.

 

Hijo mío, tengo que darte las gracias.

 

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